La “espiritualidad” y la “palabra” en minúsculas para una escuela más humana

Este mes de diciembre he puesto una mesa de adviento en el cole. Cada semana encendía una luz y a su lado colocaba uno de los elementos de los cuatro reinos: el mineral, el vegetal, el animal y el humano, tal y como han aparecido evolutivamente. Al mismo tiempo, he hecho pan de invierno con ellos, hemos construido una estrella, les  he contado los cuentos (palabra) de la tradición navideña y les he explicado, que en este tiempo, caminamos hacia la luz. Para cada cultura, para cada religión, esa luz tiene un nombre, pero no es patrimonio de nadie. Agradezco a la pedagogía Waldorf  que me haya dado el marco teórico para poder trabajar en un colegio público y laico, la espiritualidad de este momento del año. La mesa ha sido admirada; les he enseñado que admirar es mirar sin tocar, con la boca y los ojos  bien abiertos. Al mismo tiempo, hemos seguido el calendario de Adviento, buscando sus sorpresas y contando los días hasta el 25.

Pero esta actividad, totalmente espiritual, viene gestándose en mi trabajo estos últimos años. Os explico cómo.

Desde pequeña escribo las palabras relacionadas con mi religión en mayúsculas. Desde hace un tiempo, decepcionada, las pongo en minúscula. Y a la vez, las pongo en práctica en la escuela donde trabajo de forma abierta y explícita. ¿Cómo es eso posible en una escuela laica y aconfesional? El programa Aulas Felices y el mindfulness me han llevado a ello de la mano. Ante una realidad en las aulas tan pobre humanamente, ante la falta de atención, ante la falta de escucha… me encuentro, tras 30 años de profesión, hablando de compasión, de bondad, de fortalezas personales y de calma. Nada en estas dos herramientas me es ajeno desde mi ser creyente. Todo me resuena en mi tradición cristiana. Todo, salvo el marco teórico, otro más, que me permite acercarme a lo profundo de cada alumno, de cada alumna de forma sencilla y sin alusión alguna a la religión cristiana.

Cada día recibo a mis alumnos con su realidad, que es reflejo de esta sociedad nuestra: dispersos y sin capacidad de atención. El resto de desastres se dan por añadidura: desmotivación, pocas ganas de trabajar, fracaso, mala gestión de sus emociones… No hay manera de que se concentren y se pongan a trabajar. No están, simplemente. Así que inicio la mañana con unos minutos de “calma”: música tranquila y silencio. La postura: tumbados o sentados, a elegir. A veces, con posturas de yoga. Tras ese momento, salimos de la calma y volvemos lentamente a la realidad, para sentarnos en asamblea y escuchar la palabra: el poder mágico de los cuentos, de los relatos, de la narrativa. Y nos vamos a nuestros sitios a trabajar, siempre con alguna actividad relacionada con esa palabra escuchada… Y, cada día, de forma más atenta. Doy fe de ello.

Poco a poco, voy cogiendo “alas” en esto. La espiritualidad deja de ser una exclusiva de lo religioso que, por otra parte, ha perdido. Trabajo la gratitud, la compasión, la apreciación de la belleza, la esperanza, el sentido del humor… fortalezas personales que cultivan su vida interior para que su felicidad dependa de sí mismos y no de lo exterior.

La escuela es un lugar privilegiado para ello. En ella están todos y todas. Es la primera instancia de convivencia: los del lugar, los de otros lugares, los que vinieron queriendo, los que vinieron a la fuerza… donde todos se igualan y aprenden a respetar las diferencias y a vivir con ellas. También es el primer espacio de “choque” de las familias, donde pueden sacar sus frustraciones y arremeter contra el sistema, aunque la escuela no les haya hecho nada. En medio de todo ese caos, el cultivo de la calma, de la dimensión profunda de la persona, de la escucha atenta me parece imprescindible. Nuestras escuelas necesitan espiritualidad y palabra.

Mabel Ruiz Ruiz (maestra)
Zaragoza 7 de enero de 2019

La mesa de Adviento

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