EXPERIENCIA MISIONERA

Mi experiencia de vida africana fue fruto de la casualidad.

Siempre he sentido un cariño especial hacia el continente africano. Desde mi infancia, quizá porque en el colegio nos hablaban de los pequeños negritos que se podían bautizar con una pequeña aportación económica, sentí que África era un continente asombroso y fascinante y ¿quién no ha querido ser misionero en su niñez?

A finales de los años noventa, llegó a mi parroquia un joven seminarista ruandés, acogido en la República Centroafricana por el obispo cordobés Juan José Aguirre, quien le envió al seminario de Madrid a continuar sus estudios religiosos. Entablamos con él una gran relación, le acogimos en casa como uno más y a partir de ahí, escuchando lo que nos contaba de su país, de su huida de Ruanda en la guerra entre hutus y tutsis, de su integración en la República Centroafricana…, se nos abrieron los ojos y el corazón al continente africano y nos quedamos tan enganchados a África, que,  cuando él regresó para ser ordenado sacerdote,  le prometimos que, a la menor oportunidad, le visitaríamos.

En 2008, tuvimos por fin la ocasión de pasar un mes con él. Muy poco tiempo para comprender muchas cosas pero el suficiente para decidir que, en cuanto dejásemos de trabajar, iríamos a aquellas tierras para echar una mano en lo que hiciera falta. Y ese día llegó.

Este país, que casi nadie conoce ni ha oído hablar de él porque no sale en las noticias, está situado en el corazón mismo de África, con cinco millones de habitantes repartidos en una extensión de terreno algo mayor que Francia. Su historia está plagada de conflictos desde que se independizó en el año 1958. Cuenta con grandes recursos minerales: oro, diamantes, uranio, petróleo…, riquezas explotadas por las grandes multinacionales, mientras sus habitantes viven inmersos en una gran pobreza, donde poco o nada cuentan.

Pese a no pertenecer ni al gremio de la sanidad ni al de la educación, que son allí los más necesarios, su obispo nos animó a ir adjudicándonos tareas administrativas, (ayudar al ecónomo a llevar las cuentas de la misión), y enseñar a realizar manualidades a las jóvenes madres que quisieran ganarse unos francos vendiendo objetos artesanales diferentes. No íbamos como misioneros, éramos cooperantes, pero sabíamos que el mensaje de la evangelización se transmite con la vida, estando allí, entre ellos, viviendo como una pareja normal del barrio, de manera que, poco a poco, nos acogieran en la cotidianeidad de sus vidas sin importar las diferencias del color de piel, de lenguaje, o de forma de vestir.

Nos aconsejaron que los primeros días nos dedicásemos a observar y escuchar, dejando a un lado nuestra mentalidad de aquí, sin emitir juicios y sin sacar conclusiones. Parece fácil, pero… nuestra mentalidad occidental, europea, nos lleva a pensar que somos superiores, que nosotros hacemos mejor las cosas, que nuestras ideas son las correctas.

Pronto nos dimos cuenta de nuestra inferioridad de condiciones. Para realizar las cosas más simples necesitábamos de su ayuda. Necesitábamos que nos sacasen el agua del pozo, que nos encendiesen el fuego para cocinar, que nos acompañasen al mercado a comprar, que nos dijesen qué hierbas eran comestibles… Recibimos una buena cura de humildad. Tuvimos, a veces, que pedir disculpas por querer que prevalecieran nuestras ideas sobre las suyas, sin comprender que su cultura es tan válida o más que la nuestra, que su concepto de la vida está firmemente arraigado tanto espiritual como culturalmente. Ellos, realmente, viven cada día como si fuese el último, y disfrutan realmente de lo que tienen. Allí supe lo que es pasar hambre, pasar sed, pero siempre viví infinitamente mejor de lo que ellos viven, pues teníamos una casa con techo, muebles y enseres.  También descubrí realmente lo que es el desapego, y no solo me refiero a lo material, que también me costó, sino al abandono de las relaciones familiares, de los amigos, de no contar con nadie salvo contigo mismo, de olvidarte de internet como ventana abierta al mundo conocido, de cambiar casi constantemente de planes, de ideas, de puntos de vista,… descubrir que estaba de paso, simplemente, y hacer de ello mi modo de vida.

Había días que me planteaba “pero…¿qué hago yo aquí? ¿dónde me he metido? Si lo sé no vengo, no entiendo nada, estoy deseando volver…”. A pesar de vivir en la selva, mi vida era como un desierto. “Es necesario pasar por el desierto y permanecer en él para recibir la gracia de Dios: es en el desierto donde uno se vacía y se desprende de todo lo que no es Dios, y donde se vacía la casita de nuestra alma para dejar todo el sitio a Dios solo” dice Charles de Foucauld. ¡Qué experiencia tan intensa! ¡Cuánto que reflexionar y aprender!

Fueron casi siete meses los que estuvimos en La República Centroafricana. Un golpe de estado nos impidió continuar con las tareas que estábamos realizando. Nos cortó de raíz nuestro proyecto de vida africano, pero nos abrió la puerta a cuestionarnos si el Reino de Dios estaba en ese proyecto. Saber que el Reino se encuentra en la lucha del día a día y en la dimensión transformadora de su Espíritu, desde la selva o desde mi ciudad o barrio, desde momentos de luz o de sombras, y siempre con la certeza de que el Señor nos invita, como decía también Charles de Foucauld,  “a ser aprendices de un mundo nuevo a los que no somos maestros de nada”.

Macu

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